Modos de rebelarse


De Lola Lafon había leído La pequeña comunista que no sonreía nunca, una peculiar evocación del personaje de Nadia Comaneci que le servía a la autora para reflexionar sobre la política de los cuerpos femeninos, los estados comunistas totalitarios y la supuesta libertad de las democracias, y la invención mediática de esa niña impúber, virginal, perfecta y adorable. Mercy, Mary, Patty tiene algunos rasgos en común con La pequeña comunista: la vivisección de un personaje público en tanto que símbolo creado por los medios de comunicación para sus fines, en un momento histórico concreto. Porque Patty no es otra que Patty Hearst, hija de multimillonario, secuestrada en 1974 por un ignoto grupúsculo revolucionario anticapitalista y que, sorprendentemente, se suma casi de inmediato a la causa de sus captores. Como, por otra parte, ya hicieran Mercy Short y Mary Jemison en los siglos XVII y XVIII tras haber sido secuestradas por sendas tribus de amerindios. ¿Síndrome de Estocolmo? ¿Vislumbre de una vida que ofrecía tanta más libertad para su papel de mujer? ¿Convencimiento de una causa justa? Mercy, Mary, Patty es un elaborado artefacto que usa esta historia verídica como fondo y espejo y en la que introduce a dos (en realidad, tres) personajes ficticios: una enigmática y poderosa profesora norteamericana especialista en el caso Hearst y supuesta colaboradora de la defensa en el juicio; una alumna suya que se queda, irremediablemente marcada y herida por la personalidad de su profesora y por los recuerdos, en un pueblo de la Francia atlántica; y la narradora, quien acaba por recopilar todo este puzzle polifónico. Fascinante.

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